Aquél era un asunto de los llamados pesados. Tenía al menos seis consignados, hombres y mujeres detenidos, de dos en dos, en lugares y cateos distintos, en poblados distintos, cada uno con distintas drogas y en circunstancias también diferentes. A uno, además, se le había asegurado un arma de uso exclusivo del ejército, todo como resultado de una redada. Todos puestos a disposición en un solo pliego consignatario.
Favorecidos por la ampliación del término constitucional, en 144 horas tuvimos el desahogo de careos y testimoniales en la preinstrucción, jornadas maratónicas que duraron casi hasta que llegó el momento de resolver la situación jurídica de los consignados. Parecía que todo el proceso se había desarrollado ya en la preinstrucción. Es más, los consignados habían pasado hasta ese momento más horas en el juzgado que en el penal donde habían sido puestos a disposición.
El día previo al vencimiento del término, se convertiría en particularmente memorable por dos razones, a saber: esa tarde, se jugaría un partido de fútbol por el personal del juzgado (juez incluido), al que quien esto escribe desde luego no asistiría y que se perdería con un histórico y escandaloso 6-0; y, horas antes, ese mismo día, habrían asesinado en la frontera vecina a Guillermo González Calderoni, el famoso y acaudalado ex comandante de la extinta policía judicial federal, por cierto también ex procesado del juzgado en que la anécdota que ahora se describe tuvo lugar.
Pero llegó el día menos esperado y éste sería más memorable aún. Horas de estrés y de desvelo pesaban sobre los hombros del que esto les comparte. Por ahí de las 14:30, al menos un par de horas antes de que venciera el plazo constitucional, se recibieron del juez las últimas indicaciones; aquello no podía ser de otra manera, pues apenas a media mañana de ese día el juez había recibido el proyecto de auto de término correspondiente, un documento de más de cien cuartillas que proponía declarar formalmente presos a los detenidos y disponía la apertura del incidente de separación de causas.
Finalmente las correcciones quedaron hechas, faltando a lo mucho una hora para el vencimiento del término ampliado y con la tranquilidad del deber cumplido, quien esto escribe se levantó del escritorio y dio instrucciones a sus asistentes para que procedieran a la impresión e integración del documento a la causa penal, giraran los oficios correspondientes y prepararan el expediente integrado para firmas. En tanto, me dirigí a efectuar un depósito líquido en ese lugar non sancto al que nadie podría ir en mi representación aun si contase con el más amplísimo de todos los mandatos.
No demoré mucho y al regreso de aquél feliz desahogo vi la cara larga y pálida de mis oficiales. Algo había sucedido.
- ¿Qué onda? ¿Ya terminaron?
- No, lic. Es que no encontramos el archivo.
- ¡¿Cómo?! dije yo sintiendo que el mundo se me venía encima.
- No encontramos el archivo por ningún lado.
La desaparición del archivo electrónico que contenía el auto de término no podía ser menos oportuna. Faltaba menos de una hora para su vencimiento y ponerse a redactar de nuevo todo el término habría llevado al menos otro medio día, pero no resolver oportunamente la situación jurídica, habría llevado en el peor de los escenarios a la liberación de los detenidos.
Angustiado, comencé a abrir la mayoría de los archivos recientes, y ninguno de estos era el necesario. Agoté todas las opciones de búsqueda dadas por la computadora, pero todos los archivos encontrados eran estudios incompletos, adelantos, ninguno estaba terminado y mucho menos tenía las correcciones indicadas por el juez.
El tiempo corría, y no había más opción que la de ir a dar cuenta de aquel suceso con el señor magistrado. Un sonoroso ¡¿Cómo?! fue también su primera reacción. Enseguida se levantó de su asiento, salió conmigo de su privado y juntos nos dirigimos hasta la computadora en la que aquel auto de término se había elaborado.
- ¿Cómo se llama el archivo?-, dijo el juez, sentado frente a la computadora.
Se hizo el silencio.
- Que cómo se llama el archivo, repitió con premura el también llamado con cariño por los oficiales “el suscrito juzgador”.
Tuve que responder.
- Se llama pinchedesmadreaprobado.doc, señor. dije entre dientes.
- ¡¿Cómo?! (el tercero de la tarde)
- pinchedesmadreaprobado.doc, repetí -así, todo pegado: pinchedesmadreaprobado.
La cara del juez lo decía todo, pero la prioridad era encontrar el archivo que finalmente no apareció ni con ese ni con el más afortunado de todos los nombres. Pinchedesmadreaprobado.doc.
Diez minutos después de iniciada aquella infructuosa búsqueda y a escasos veinte de que concluyera el término para resolver la situación jurídica, el juez dio la orden de que se dictara de nuevo el auto de término sobre uno de los archivos incompletos que se conservaban en el equipo y con base en el proyecto impreso sobre el cuál había apuntado sus indicaciones y correcciones. Se indicó también que se notificara telefónicamente el auto de término al director del penal, dejando constancia formal de ello en el expediente y, de inmediato, se giraron los oficios respectivos y se envió al actuario a entregarlos directamente en el reclusorio.
Yo, en tanto, seguía dictando las consideraciones de aquel terrible auto de bien preso. Las piernas me temblaban, no sólo por el cansancio y la presión acumulada durante la casi una semana que se prolongó aquella diligenciosa preinstrucción, sino también por el desgaste de haber trabajado una noche entera y media mañana en la elaboración de proyecto y, sobre todo, por la mágica desaparición de aquel documento electrónico –seguramente obra de algún mal encantador- minutos antes del vencimiento del plazo, a lo que habría que añadir la vergonzante necesidad de confesarle al juez el mal nombre dado a aquel importante archivo.
Cuando finalmente el expediente quedó integrado, con pena y todo lo pasé a firma. El juez ni siquiera volteó a verme, entregué el expediente al actuario y éste se fue a notificar, sentí que me moría de cansancio… y de vergüenza.
Un compañero secretario me invitó a comer y yo acepté. –Pero tú manejas, le dije. Ni para eso tenía entereza. Sentado en el asiento trasero del coche de mi amigo, a grito abierto solté el llanto. ¿Qué esperaban? ¡tenía apenas 23 años!
Hoy veo aquel día difícil a la distancia y rio de mí y de mis circunstancias, de la cándida juventud que me acompañaba y de la enrome lección que aprendí en relación con el cuidado y buen nombre que ha de darse también a los archivos electrónicos.
Con algo de pena todavía, a veces narro a mis compañeros más jóvenes la parte divertida de aquella experiencia.
El archivo llamado pinchedesmadreaprobado.doc apareció luego de varios días y nunca supimos cómo o a dónde es que se fue y vino. Aun lo conservo con cariño, me recuerda lo que fue ese día y, sobre todo, me recuerda lo que ese día fui yo.
¡Nos leemos luego!
Favorecidos por la ampliación del término constitucional, en 144 horas tuvimos el desahogo de careos y testimoniales en la preinstrucción, jornadas maratónicas que duraron casi hasta que llegó el momento de resolver la situación jurídica de los consignados. Parecía que todo el proceso se había desarrollado ya en la preinstrucción. Es más, los consignados habían pasado hasta ese momento más horas en el juzgado que en el penal donde habían sido puestos a disposición.
El día previo al vencimiento del término, se convertiría en particularmente memorable por dos razones, a saber: esa tarde, se jugaría un partido de fútbol por el personal del juzgado (juez incluido), al que quien esto escribe desde luego no asistiría y que se perdería con un histórico y escandaloso 6-0; y, horas antes, ese mismo día, habrían asesinado en la frontera vecina a Guillermo González Calderoni, el famoso y acaudalado ex comandante de la extinta policía judicial federal, por cierto también ex procesado del juzgado en que la anécdota que ahora se describe tuvo lugar.
Pero llegó el día menos esperado y éste sería más memorable aún. Horas de estrés y de desvelo pesaban sobre los hombros del que esto les comparte. Por ahí de las 14:30, al menos un par de horas antes de que venciera el plazo constitucional, se recibieron del juez las últimas indicaciones; aquello no podía ser de otra manera, pues apenas a media mañana de ese día el juez había recibido el proyecto de auto de término correspondiente, un documento de más de cien cuartillas que proponía declarar formalmente presos a los detenidos y disponía la apertura del incidente de separación de causas.
Finalmente las correcciones quedaron hechas, faltando a lo mucho una hora para el vencimiento del término ampliado y con la tranquilidad del deber cumplido, quien esto escribe se levantó del escritorio y dio instrucciones a sus asistentes para que procedieran a la impresión e integración del documento a la causa penal, giraran los oficios correspondientes y prepararan el expediente integrado para firmas. En tanto, me dirigí a efectuar un depósito líquido en ese lugar non sancto al que nadie podría ir en mi representación aun si contase con el más amplísimo de todos los mandatos.
No demoré mucho y al regreso de aquél feliz desahogo vi la cara larga y pálida de mis oficiales. Algo había sucedido.
- ¿Qué onda? ¿Ya terminaron?
- No, lic. Es que no encontramos el archivo.
- ¡¿Cómo?! dije yo sintiendo que el mundo se me venía encima.
- No encontramos el archivo por ningún lado.
La desaparición del archivo electrónico que contenía el auto de término no podía ser menos oportuna. Faltaba menos de una hora para su vencimiento y ponerse a redactar de nuevo todo el término habría llevado al menos otro medio día, pero no resolver oportunamente la situación jurídica, habría llevado en el peor de los escenarios a la liberación de los detenidos.
Angustiado, comencé a abrir la mayoría de los archivos recientes, y ninguno de estos era el necesario. Agoté todas las opciones de búsqueda dadas por la computadora, pero todos los archivos encontrados eran estudios incompletos, adelantos, ninguno estaba terminado y mucho menos tenía las correcciones indicadas por el juez.
El tiempo corría, y no había más opción que la de ir a dar cuenta de aquel suceso con el señor magistrado. Un sonoroso ¡¿Cómo?! fue también su primera reacción. Enseguida se levantó de su asiento, salió conmigo de su privado y juntos nos dirigimos hasta la computadora en la que aquel auto de término se había elaborado.
- ¿Cómo se llama el archivo?-, dijo el juez, sentado frente a la computadora.
Se hizo el silencio.
- Que cómo se llama el archivo, repitió con premura el también llamado con cariño por los oficiales “el suscrito juzgador”.
Tuve que responder.
- Se llama pinchedesmadreaprobado.doc, señor. dije entre dientes.
- ¡¿Cómo?! (el tercero de la tarde)
- pinchedesmadreaprobado.doc, repetí -así, todo pegado: pinchedesmadreaprobado.
La cara del juez lo decía todo, pero la prioridad era encontrar el archivo que finalmente no apareció ni con ese ni con el más afortunado de todos los nombres. Pinchedesmadreaprobado.doc.
Diez minutos después de iniciada aquella infructuosa búsqueda y a escasos veinte de que concluyera el término para resolver la situación jurídica, el juez dio la orden de que se dictara de nuevo el auto de término sobre uno de los archivos incompletos que se conservaban en el equipo y con base en el proyecto impreso sobre el cuál había apuntado sus indicaciones y correcciones. Se indicó también que se notificara telefónicamente el auto de término al director del penal, dejando constancia formal de ello en el expediente y, de inmediato, se giraron los oficios respectivos y se envió al actuario a entregarlos directamente en el reclusorio.
Yo, en tanto, seguía dictando las consideraciones de aquel terrible auto de bien preso. Las piernas me temblaban, no sólo por el cansancio y la presión acumulada durante la casi una semana que se prolongó aquella diligenciosa preinstrucción, sino también por el desgaste de haber trabajado una noche entera y media mañana en la elaboración de proyecto y, sobre todo, por la mágica desaparición de aquel documento electrónico –seguramente obra de algún mal encantador- minutos antes del vencimiento del plazo, a lo que habría que añadir la vergonzante necesidad de confesarle al juez el mal nombre dado a aquel importante archivo.
Cuando finalmente el expediente quedó integrado, con pena y todo lo pasé a firma. El juez ni siquiera volteó a verme, entregué el expediente al actuario y éste se fue a notificar, sentí que me moría de cansancio… y de vergüenza.
Un compañero secretario me invitó a comer y yo acepté. –Pero tú manejas, le dije. Ni para eso tenía entereza. Sentado en el asiento trasero del coche de mi amigo, a grito abierto solté el llanto. ¿Qué esperaban? ¡tenía apenas 23 años!
Hoy veo aquel día difícil a la distancia y rio de mí y de mis circunstancias, de la cándida juventud que me acompañaba y de la enrome lección que aprendí en relación con el cuidado y buen nombre que ha de darse también a los archivos electrónicos.
Con algo de pena todavía, a veces narro a mis compañeros más jóvenes la parte divertida de aquella experiencia.
El archivo llamado pinchedesmadreaprobado.doc apareció luego de varios días y nunca supimos cómo o a dónde es que se fue y vino. Aun lo conservo con cariño, me recuerda lo que fue ese día y, sobre todo, me recuerda lo que ese día fui yo.
¡Nos leemos luego!


