miércoles 6 de mayo de 2009

Sobre la justicia agraria

Algunas reflexiones sueltas...

A veces pienso que la justicia agraria no siempre es justicia y, sólo por cuestiones de responsabilidad administrativa derivada de mi posición laboral, no puedo profundizar en mis apreciaciones sobre casos concretos. Creo que al igual que en otros casos, la justicia agraria frecuentemente se pierde en el rigor técnico y en el abstraccionismo con que se entiende la suplencia de la queja a favor de los ejidatarios. A veces se entiende bastante laxa, y a veces se entiende con rigidez matemática.

Puedo decir sin embargo en un punto de vista más concreto, lo que pienso siempre que llega a mi escritorio un amparo de naturaleza agraria y tengo ocasión de recibir en mi privado a los ejidatarios contendientes.

Hace varios años, conocí de un asunto en que se disputaban varias hectáreas de tierras boscosas entre ejidatarios y particulares. Los campesinos no tardaron en venir a visitarme tan pronto como el asunto llegó a mis manos a hacer valer toda clase de argumentos. Como vestían mal y olían peor, algunos en el tribunal los veían con desprecio y con burla, e inclusive en tono de broma, algunos compañeros paseaban frente a mi oficina roseando aromatizante. Los guardias, por su parte, a veces les impedían el paso, o consultaban conmigo previamente si podían dejarlos pasar.

Yo simplemente los recibía y los esuchaba. El fallo en aquel asunto les fue desfavorable. Pero días después de concluido el juicio, los campesinos vinieron de nuevo con humildad y nobleza a ofrecerme una caja de manzanas cosechadas y traídas de allá de lo alto de la sierra. - Es p'a darle las gracias, licenciado. Y ya sabe que allá tiene su casa. Dijo el más viejo de ellos, secamente.

Con todo y manzanas emprendieron el viaje de regreso a la montaña en la que ya no eran dueños sino peones, porque la imparcialidad de quien juzga -dice la ética- no puede ponerse en peligro, ni siquiera ante nobles intenciones.

Desde entonces los asuntos agrarios, como asuntos de justicia social, me han movido mucho a la reflexión, sin que eso implique que haya dejado de ser imparcial en mis proyectos. Simplemente analizo las cosas desde un plano superior al de las verdades procesales formales, a sabiendas de que al final, todo proyecto no puede sino ceñirse metódicamente a la verdad formal, porque así lo requiere nuestra justicia en la que la imparcialidad y la objetividad del juzgador, se hace depender de constancias, de papeles y de formas.

En lo general, desde aquella experiencia aprendí a reconocer en los campesinos a los hijos y nietos de aquellos que a principios del siglo XX tomaron sus armas para defender la tierra y sus derechos; y sin embargo, estos campesinos de hoy, que a veces vienen a argumentar frente a mi escritorio, no vienen con carabinas ni con machetes, sino que han cambiado sus armas por un instrumento más civilizado que se llama ley. Y así, sometidos al orden legal, honran lo acordado por sus antecesores al fin de la revolución armada y dirimen sus contiendas con base en reglas escritas y se someten con nobleza a la decisión de los tribunales, con una fe inquebrantable en una justicia de formas, plazos y términos, de papeles y de argumentos, a sabiendas de que tan probable les será obtener, como perder. Sólo por eso, creo que los campesinos son más admirables. Renunciaron a las armas para someterse al imperio de la ley y en la ley creen y, al menos hasta donde he visto, confían en la justicia.

Pero he aquí un segundo juicio que hice también en aquellos años.

Un día, luego de haber escuchado mi cuenta de la situación de un asunto y mi propuesta de solución, un juez al que admiro me dijo sonriente: "la verdad, Eucario, es que nuestra justicia es un bien que se vende al mejor postor".

Esa frase me cayó como hielo en la espalda, pero no dije nada. Hipócritamente sonreí y salí de la oficina de aquel juez y hasta años después lo reflexioné. Es cierto, la justicia se vende al mejor postor. Pero no al que más dinero ofrece, sino al mejor postor de argumentos, al que plantea la mejor solución, al que entiende mejor el problema jurídico, y porpone la mejor tesis normativa para solucionarlo. El mejor postor de argumentos jurídicos gana, y el que equivoca sus planteamientos de defensa pierde, es cierto. Aquél juez sabio tan admirado, tenía razón. La justicia la obtiene el mejor postor.

¿Pero serán los ejidatarios los mejores postores? No siempre. Para ser el mejor postor de argumentos a veces se necesita un buen abogado y los buenos abogados no siempre están al alcance de los campesinos. Hay excepciones, ciertamente, pero por lo general, a los campesinos no les va bien planteando argumentos y en cambio a veces a sus contrarios les alcanza para contratar todo un prestigiado despacho que entiende mejor el asunto y puede ofrecer una mejor estrategia de litigio.

¡Y qué con eso -dirán algunos- si para eso existe la suplencia!

Eso mismo dije un día a un viejo abogado que aseguró ser agrarista. La suplencia -le dije, abusando de alegorías- es la espada que la justicia blande a favor de los desprotegidos, licenciado.

Y el viejo sonriendo me dijo mientras palmeaba mi hombro: "Se equivoca, licenciado. La suplencia no es espada, es carabina.... la carabina de ambrosio."

Y así, sonriendo los dos, terminamos nuestra plática.

¡Ahí se los dejo, y nos leemos hasta luego!

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