martes 3 de febrero de 2009

El Estado amenazado. (Segunda y última parte)

Tras aceptar que democracia y libertad de expresión son dos derechos que están siendo gravemente amenazados, tendríamos que dedicarnos a su defensa.
Pero esa defensa tendría que ser eficaz. Tiene que ir más allá de la demagogia, porque la inactividad del Estado (sociedad incluida), es también una amenaza contra sí mismo.

Cuando la amenaza se comete con balas y con granadas, las buenas intenciones que sólo se proyectan en el discurso no sirven de nada para proteger algo tan esencial. Las leyes que hogaño se discuten y que fiscalizarían mejor los ingresos de los partidos políticos, por ejemplo, pueden resultar inútiles para evitar que el narco influya en el tema electoral, porque si el delincuente no puede comprar al candidato con dinero, entonces lo coaccionará con violencia, y si no lo convence, simplemente lo eliminará, como ya lo ha hecho.

Y aunque suene a verdad de Perogrullo, más allá de las leyes, se necesita también investigación, detenciones y castigo. Se necesita un combate eficaz que incluya, por ejemplo, protección física y resguardo de la integridad de los candidatos y de los medios, pues aunque suene y sea costoso o exagerado, esas acciones de todos modos se están tomando, sólo que se toman tarde, después de que el ataque viene y no antes y entonces ya no sirven para mucho o quizás, ya no sirven para nada.

Así es. En una triste verdad de Perogrullo, en cuanto a los ataques a los medios de información, tendría que decirse que la protección y la investigación son eficaces si se hacen oportunamente. La protección cobra mayor eficacia, si está presente antes del ataque. Después de éste, el esfuerzo debe centrarse ante todo en la investigación y en la persecución del delincuente, pero en México hace años que vamos tapando pozos a medias, cuando lo importante es evitar que el hoyo se forme y se haga grande.

En este panorama, vale decir que cuando habíamos llegado al extremo de hacer de la vida en paz algo tan ordinario como imperceptible, hoy nos hundimos en el terrible hoyo de la inseguridad caótica, y ese es un hoyo tan grande que el Estado no encuentra por dónde empezar a taparlo.

La delincuencia, en cambio, no ha perdido el tiempo. Se ha armado bien, ha preparado bien su estrategias de posicionamiento, de amenaza, de ataque, de combate, de siembra del terror. Ha hecho un buen trabajo que de inteligencia que se llamaría de contrainteligencia, de no ser porque en México la investigación inteligente hace años que dejó de practicarse para preservar la seguridad nacional y se dedicó sólo a investigar qué alcalde se corrompió con qué constructor, qué gobernador se comprometió con qué textilero, qué presidente le dijo a otro “vienes, comes y te vas”.

Y todo esto tuvo a su vez como apoyo otro vacío: el estado mexicano dejó actividades económicas no fiscalizadas, como el comercio informal, el comercio de mercancías ilícitas distintas de las drogas y las armas, los giros negros. Y ahí donde la presencia controladora y recaudadora del estado fue escasa, ahí el narco se posicionó y ahora esas son sus fuentes de ingresos. Mantiene a cuota al resto de los delincuentes y con eso se compra armas e información y de paso controla cada vez más todas las ramas de la ilicitud en el País. A quien se atreve a negociar en esos giros, lo somete a chantajes, secuestros, extorsiones. Y a la gente de bien, simplemente la secuestra.

El Estado entonces no hace más que descubrir después lo que debió saber antes. Perseguir al que mató sin poder nunca alcanzarlo, ni mucho menos castigarlo. Proteger a la familia y a la empresa del que murió secuestrado o del que se resistió a la extorsión, porque ya es la única forma que tiene de lavarse la culpa; consignar al que detuvo con una mano, para que la otra se extienda y blandiendo la espada de la justicia garantista a ultranza lo deje libre, lo ampare y lo proteja, creando así otro vacío: el de la impunidad, el del delincuente triunfal que se sacude las ropas y sonríe sin castigo.

Entonces la amenaza hacia el Estado no es mínima porque por un lado hay un enemigo delincuencial que está atacando lo más esencial de nuestro Estado y la sociedad apenas empieza a darse cuenta. Pero la peor amenaza que el Estado ha tenido, ha sido siempre su propia ineptitud, su desorganización y su inamovilidad, derivada en parte de que ante el embate delincuencial, cada parte del Estado estire para su propio lado y de la politización de todos los temas, entendida la política como ganar el voto y el puesto y no como lo que realmente es: la verdadera actividad humana de mover al Estado en beneficio de la colectividad.

Vistas así las cosas, es claro que el enemigo no esperó a que se desocuparan espacios para después llenarlos. Por el contrario, la delincuencia hoy simplemente está ocupando los espacios que el Estado siempre ha dejado vacíos.
Y la sociedad reprocha la ausencia del poder público, ahí donde el poder público nunca estuvo presente.

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