Yo soy hombre y después de eso, también soy abogado y ciudadano.
Y no soy cualquier abogado. Soy uno de esos que luchan por la justicia, sabiendo que ésta, a veces, no existe.
Y por ello desde hace diez años trabajo cerca de los órganos de justicia federales. A uno de ellos llegué en 1998. Por consejo de una entonces novia, me presenté ante la juez federal a pedir un lugar “sin paga” en el juzgado y la juez me aceptó. En ese momento, me llevó a la entrada del juzgado y mandó llamar al intendente: “consígale al licenciado un trapito, y que se ponga a limpiar la barra donde se atiende a los abogados.” -ordenó. Y yo lo hice sin reclamo alguno, porque yo quería estar ahí.
Diez años después estoy casi del otro lado. Tengo una luminosa oficina con vista a Monterrey en la cima de la Loma Larga y me preparo para ser Juez en los próximos años. A mis espaldas ondea imponente la bandera del Obispado y me recuerda, día con día, para qué y para quién trabajo. Me recuerda que el nuevo patriotismo, no consiste en enredarse en la bandera y tirarse al vacío, sino en luchar para que la voluntad suprema de la sociedad, plasmada –bien que mal por nuestros legisladores en las leyes y en esa ley de leyes que es la Constitución-, sea cumplida.
Pero sigo siendo el mismo soñador con aspiraciones de antes y pienso que si hoy, un ministro de la Corte me dijera “póngase a limpiar la puerta del Tribunal si quiere un lugar en la Corte”, quizás le tomaría la palabra. También por eso, porque creo en la justicia, busco siempre desentrañarla de la ley, por más oculta que los formalismos legales y las lagunas legislativas, la hayan dejado. Y más aún me apasiona encontrarla cuando no es la ley la que la oculta, sino el desinterés, la superficialidad, la falta de conciencia y, en el peor de los casos, la probada corrupción.
Pero como antes de ser empleado de la judicatura, soy también ciudadano, soy también bastante crítico del Poder para el cuál trabajo. De él, muchos dicen que está bien, pero yo me niego a aceptarlo por completo. Pienso que el día en que todos pensemos que acá adentro todo está bien, ya nada cambiará, y estoy convencido de que la justicia no puede permanecer inamovible ante una sociedad cada vez más vigilante y exigente.
Hoy, por ejemplo, pienso que cuando la mayor amenaza que enfrenta la Nación, después de la económica, proviene de delincuentes; los jueces –y sus colaboradores-, tenemos que sentirnos también en el frente de batalla. Y siento con tristeza que no todos lo estamos viendo así.
Por eso, cuando hace un año, muchos de mis compañeros se preparaban para concursar y lograr ser jueces federales, yo empecé un proyecto. Un proyecto que moviera un poco nuestro ánimo a tomar conciencia de lo esencial de la justicia. Que nos llevara a recordar que la justicia, no sólo es forma, ley, rigor, sino que ante todo, es fondo, es esencia, es sentido común y debe ser siempre compromiso social.
Pero esa, entiendo con resistencia, es una pretensión muy elevada para alguien que apenas empieza. La voz de nosotros, los mínimos girses y pequeñitos, los de voz sin autoridad, se pierde frecuentemente en el olvido.
Sé, sin embargo, que hubo al menos unos cuantos jóvenes –de esos soñadores que apenas empiezan- que entendieron muy bien el proyecto y hoy, lo consideran suyo. A ellos, a quienes en el futuro tendrán en sus manos la tarea de administrar justicia, dedico este texto, todos los anteriores y todos los que vengan, con la esperanza de que pronto veamos por aquí sus reflexiones sobre la señora Justicia, su amante el Derecho y su madre, la Sociedad.
A ellos, a esos jóvenes abogados “futuras estrellas del canal judicial” dedico este texto, y dirijo mi agradecimiento y con ellos celebro el primer aniversario de este Blog Cuarto Circuito.
Y no soy cualquier abogado. Soy uno de esos que luchan por la justicia, sabiendo que ésta, a veces, no existe.
Y por ello desde hace diez años trabajo cerca de los órganos de justicia federales. A uno de ellos llegué en 1998. Por consejo de una entonces novia, me presenté ante la juez federal a pedir un lugar “sin paga” en el juzgado y la juez me aceptó. En ese momento, me llevó a la entrada del juzgado y mandó llamar al intendente: “consígale al licenciado un trapito, y que se ponga a limpiar la barra donde se atiende a los abogados.” -ordenó. Y yo lo hice sin reclamo alguno, porque yo quería estar ahí.
Diez años después estoy casi del otro lado. Tengo una luminosa oficina con vista a Monterrey en la cima de la Loma Larga y me preparo para ser Juez en los próximos años. A mis espaldas ondea imponente la bandera del Obispado y me recuerda, día con día, para qué y para quién trabajo. Me recuerda que el nuevo patriotismo, no consiste en enredarse en la bandera y tirarse al vacío, sino en luchar para que la voluntad suprema de la sociedad, plasmada –bien que mal por nuestros legisladores en las leyes y en esa ley de leyes que es la Constitución-, sea cumplida.
Pero sigo siendo el mismo soñador con aspiraciones de antes y pienso que si hoy, un ministro de la Corte me dijera “póngase a limpiar la puerta del Tribunal si quiere un lugar en la Corte”, quizás le tomaría la palabra. También por eso, porque creo en la justicia, busco siempre desentrañarla de la ley, por más oculta que los formalismos legales y las lagunas legislativas, la hayan dejado. Y más aún me apasiona encontrarla cuando no es la ley la que la oculta, sino el desinterés, la superficialidad, la falta de conciencia y, en el peor de los casos, la probada corrupción.
Pero como antes de ser empleado de la judicatura, soy también ciudadano, soy también bastante crítico del Poder para el cuál trabajo. De él, muchos dicen que está bien, pero yo me niego a aceptarlo por completo. Pienso que el día en que todos pensemos que acá adentro todo está bien, ya nada cambiará, y estoy convencido de que la justicia no puede permanecer inamovible ante una sociedad cada vez más vigilante y exigente.
Hoy, por ejemplo, pienso que cuando la mayor amenaza que enfrenta la Nación, después de la económica, proviene de delincuentes; los jueces –y sus colaboradores-, tenemos que sentirnos también en el frente de batalla. Y siento con tristeza que no todos lo estamos viendo así.
Por eso, cuando hace un año, muchos de mis compañeros se preparaban para concursar y lograr ser jueces federales, yo empecé un proyecto. Un proyecto que moviera un poco nuestro ánimo a tomar conciencia de lo esencial de la justicia. Que nos llevara a recordar que la justicia, no sólo es forma, ley, rigor, sino que ante todo, es fondo, es esencia, es sentido común y debe ser siempre compromiso social.
Pero esa, entiendo con resistencia, es una pretensión muy elevada para alguien que apenas empieza. La voz de nosotros, los mínimos girses y pequeñitos, los de voz sin autoridad, se pierde frecuentemente en el olvido.
Sé, sin embargo, que hubo al menos unos cuantos jóvenes –de esos soñadores que apenas empiezan- que entendieron muy bien el proyecto y hoy, lo consideran suyo. A ellos, a quienes en el futuro tendrán en sus manos la tarea de administrar justicia, dedico este texto, todos los anteriores y todos los que vengan, con la esperanza de que pronto veamos por aquí sus reflexiones sobre la señora Justicia, su amante el Derecho y su madre, la Sociedad.
A ellos, a esos jóvenes abogados “futuras estrellas del canal judicial” dedico este texto, y dirijo mi agradecimiento y con ellos celebro el primer aniversario de este Blog Cuarto Circuito.


