Pocos en este país tenían voz autorizada para hablar sobre el narco. Pocos lo combatieron con precisión. Pocos -muy pocos-, podían hablar de las formas de combatirlo con pelos y señales. Y, en lo personal, creo que en la lucha contra el narco, había pocas personas en las que teníamos que confiar.
José Luis Santiago Vasconcelos era uno de ellos.
A Vasconcelos lo conocí en Reynosa. Era titular de la entonces UEDO. Era abril de 2001. El mismo día que yo llegué de oficial a trabajar, él llegó a pedir cateos. El juez se los concedió. Duró tres días diligenciándolos. Y todas las tardes, llegaba al juzgado a dar cuenta de cómo iban las cosas. Andaba detrás del “June” y no descansó hasta que lo encontró. Y desde entonces lo vi con respeto y hasta con un poco de admiración.
Aquellos no fueron los últimos cateos. Después vinieron otros, otras acciones igualmente valientes. Duros golpes al cartel del golfo. Todos precisos, rápidos, efectivos. Llegaban como el gavilán sobre la presa: aterrizaban y de ahí directo a la Octava Zona. De ahí a agarrar al hombre por el que iban y de ahí al aeropuerto y a volar. Para cuando la demanda de amparo llegaba, el detenido ya estaba en el D.F.. Así tenían que ser las cosas. Y así fueron hasta que tumbó a Osiel.
Le gustaban un poco los reflectores, pero en su trabajo, era bastante serio. Y bastante desconfiado. Se rodeaba de gente dura y de carácter fuerte. Gente todavía más desconfiada que él. Alguna vez tuve una discusión con uno de sus hombres. Yo era actuario y llegué a notificar a la Octava Zona Militar. Era su cuartel temporal. El hombre me pidió una identificación y yo le mostré mi expediente. No traía más. Me dijo: "si tú te identificas con un expediente, es tan fácil como que yo me identifique con mi pistola". -“Cualquier delincuente trae una de esas”, le dije yo envalentonado. Casi me suelta un golpe. Pero así era en ese entonces la gente de SIEDO. Desconfiados y duros inclusive hacia los de adentro. Así eran por instrucciones del jefe Vasconcelos.
Hoy el jefe está muerto. Para mí, su muerte es lamentable y, en el mejor de los casos, bastante inoportuna. Descance en paz. Al final, haya sido como haya sido, nadie podrá negar que fue un hombre valiente. Y un funcionario público que le sirvió a la justicia. Y a la patria.



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