miércoles 26 de marzo de 2008

De la urgencia, el miedo, la confianza y nuestra materia prima.

- Lic, bad news… ¡llegó queja urgente!- Dijo mi auxiliar, hoy por la mañana.

- Licenciado… pues con la novedad de que llegó queja urgente y le tocó a usted-, me dijo hace años otra persona, con una mueca entre burlona y de falsa mortificación por mi suerte.

- Lic.. cayó una consignación con detenido-, me dijeron muchas madrugadas, como anunciando la peor de las fatalidades cuando trabajé como secretario de Juzgado.

Y yo, me quedaba pensando si ante tales anuncios, debía desmayarme, o sufrir un colapso nervioso, o ponerme a llorar; o ya de plano, soltar interjecciones no aptas para oídos castos, pues los anunciantes tenían cara y voz de que eso esperaban.

Pero ¿para qué tanta preocupación? ¿Quién habría de asustarse por una queja urgente o una consignación; quién por una denuncia de incomunicación en demanda de amparo? ¿Quién por una petición urgente de orden de aprehensión? ¿Quién, siendo abogado, habría de caer en un espasmo al ver un asunto de término sobre su escritorio?

Sólo alguien que no sepa para qué le pagan, o no conozca su trabajo.

Porque, para eso estamos ¿o no?. Ese es nuestro trabajo y la ley prevé que esos asuntos existan y exige que se atiendan con premura en 24, en 48 o en 72 horas.

Por ende, ninguna consignación, ninguna solicitud de cateo u orden de aprehensión, ninguna queja urgentísima, es una contingencia. Es, simplemente, nuestra materia prima de trabajo y como tal hay que verla. Sin miedo, sin nerviosismo, sino con objetividad y con dedicación. ¿O apoco no es un reto para los más audaces el resolver un asunto de esos bien y en el menor tiempo posible?

Además, los jueces y los magistrados, así lo ven. No se asustan, no tienen miedo. Actúan con naturalidad y con la mente en frío resuelven. Entonces, si ellos no temen ¿por qué la gente espera que los secretarios sí?

¿Qué secretario se atreve a temer, mientras su jefe es capaz de enfrentar con tranquilidad la más agobiante de las eventualidades?

2 comentarios:

Licenciado Roberto dijo...

Licenciado, primeramente reciba un reconocimiento de mi parte, al haber disertado tan finamente sobre un tema importantísimo de la función jurisdiccional.

Si me lo permite, quiero destacarle que en su texto se abordan dos temas cuya relación es mediata, y que por tanto hubiera sido extraordinario que los abordara por separado.

Uno de ellos, evidentemente, es su consejo de "enfrentar con responsabilidad y sin miedo nuestro trabajo", solo por llamarlo de algún modo.

Sin embargo, el otro tema al que me refiero, y que sutilmente le sirvió de introducción, es la forma en que los compañeros acostumbran 'avisarnos' de los escritos recibidos.

Todos nosotros, por el hecho de ser personas, somos sensibles a nuestro entorno.

A esta casi nada particularidad humana debemos agregar que nuestro trabajo se desarrolla bajo presión y estrés, tanto que el propio Consejo ha diseñado un curso para manejar esto. A todo lo anterior sumemos dos ingredientes más: pocas horas de sueño y largos espacios sin probar alimento. Aderecemos lo anterior con la poca convivencia que tenemos con nuestra familia: quien no le ha tocado estar trabajando el día en que cumple años o fallece uno de sus familiares, el día que nació uno de sus hijos, etcétera. Y si finalmente coronamos nuestra receta con comentarios tan desagradables como los que menciona en su texto, claro que reaccionaremos de modo negativos… es una reacción natural y lógica, no podemos evitar sentir malestar con esos comentarios lascivos y risas de burla.

Una cosa es que no tengamos miedo al trabajo, pero otra es que ese trabajo se realice bajo presión, estrés y después de recibir esos pésimos comentarios.

Como oficial de juzgado viví una situación muy similar: la persona que estaba encargada de regresar expedientes con corrección, por lo general llegaba a la mesa con una amplia sonrisa burlona. El Secretario habló con esa persona y le preguntó qué era lo gracioso de tener que corregir un expediente, si eso provocaba que todos nos saliéramos tarde, incluida la persona cuestionada. Desde ese momento no hubo más sonrisitas.

Esa enseñanza jamás la olvidé, y reconozco que fue una directriz cuando, posteriormente, ocupé el puesto de Oficial de Partes.

Como se ve, nosotros no podemos dejar de sentir coraje/enojo por comentarios de ese tipo, aunque claro, los podemos tratar de minimizar, pero aún así nuestro cuerpo ya generó adrenalina.

Lo que sí podemos hacer es apoyarnos entre todos, no burlarse de los compañeros porque le llegó un informe de muchos tomos, porque le llegó una orden de aprehensión de delito grave, porque le declararon fundada la queja, porque todavía se queda a trabajar cuando nosotros ya nos vamos y hasta satirizamos diciendo “y creo que se quedó haciendo puros informes”.

Pero bueno, todo eso no sucederá hasta en tanto se instale un juzgado en Utopía.

Eucario Adame dijo...

Gracias por tu comentario, licenciado Roberto.

Con todo y la responsabilidad, el propio estrés a veces nos impide reaccionar con serenidad.

Pero como tú bien lo dices, la reacción de molestia a veces es más por la actitud de nuestros compañeros, que por el trabajo mismo.

Y sí, totalmente de acuerdo contigo. Siempre será difícil encontrar que toda la gente esté dispuesta a colaborar, más que a sentir satisfacción por ver en aprietos a los demás. Pero habrá que seguir haciendo la lucha por cambiar un poco la mentalidad de nuestros compañeros.

Es quizás una meta inalcanzable, pero muchos pensamos que vale la pena el intentarlo.

Hasta pronto!

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